La encíclica de León XIV: ¿una torre de Babel o una ciudad habitable?
Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV, sitúa la IA como la nueva cuestión social de nuestro tiempo y pide a las instituciones educativas que asuman una responsabilidad activa en el debate sobre su uso.
El Papa tiene una habilidad singular para hacer incómoda la pregunta correcta. Con ese dilema abre León XIV su primera encíclica, Magnifica Humanitas, publicada el 25 de mayo: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. No es retórica. Es una pregunta que nos devuelve, a quienes trabajamos en educación, algo que a veces olvidamos: que construir saber no es neutral.
La inteligencia artificial ha llegado a nuestras aulas, a nuestros trabajos y a nuestras conversaciones con una velocidad que no hemos terminado de procesar. Y la tentación, cuando algo llega tan deprisa, es dejar que sea la propia velocidad quien decida. El Papa llama a eso el «paradigma tecnocrático»: la rendición silenciosa ante la lógica de la eficiencia, donde ya no preguntamos si algo es bueno sino si funciona.
«No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos.» (n. 107)
Esta frase del documento podría haberse escrito en cualquier claustro universitario donde se debate sobre ética digital. Y sin embargo, pone el dedo en algo que solemos esquivar: no basta con tener buenas intenciones, ni con añadir una asignatura de ética al plan de estudios. La pregunta es quién tiene voz en las decisiones que afectan a todos, y si las instituciones educativas estamos dispuestas a ser algo más que espectadoras bien informadas.
La pregunta que la educación no puede delegar
Hay algo que llama la atención en la encíclica: León XIV no habla desde la distancia de quien observa la tecnología desde fuera. Habla desde dentro de la misma preocupación que muchos compartimos. La IA, escribe, puede imitar lenguajes y simular empatía, pero no reside «en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio» (n. 99). Eso no es una advertencia técnica. Es un recordatorio de qué es lo que hace que una relación educativa valga la pena.
Para una institución como el Centro Universitario SAFA, con una larga trayectoria en la formación de personas desde los valores del humanismo cristiano, esa advertencia resuena con fuerza particular. La misión de UNIJES —formar profesionales competentes y ciudadanos responsables que pongan su saber al servicio de los demás— cobra hoy un sentido nuevo. León XIV pide expresamente que escuelas y universidades tengan voz en las decisiones sobre trabajo, acceso a servicios y gestión de datos. No como un gesto de cortesía. Como una exigencia.
La pregunta es si estamos a la altura de esa exigencia. O si, enredados en los debates sobre cómo integrar la IA en las metodologías o en los procesos administrativos, hemos perdido de vista la pregunta más honda: ¿para qué queremos que sirva?
La institución educativa tiene aquí una responsabilidad y también una oportunidad: contribuir a que ese discernimiento sea colectivo, plural y anclado en la dignidad de toda persona.
El Magníficat como brújula
El título de la encíclica viene del Magníficat: el cántico de María que celebra que Dios levanta a los humildes y derriba a los poderosos. León XIV termina el documento con esa imagen, y no parece casual. En un momento en que los sistemas de IA concentran poder en pocas manos, en que la brecha digital se convierte en una nueva forma de exclusión, en que el algoritmo puede decidir quién accede a un empleo o a un crédito, el Magníficat es casi un programa político.
Para quienes trabajamos en centros educativos con vocación de servicio, eso se traduce en algo concreto: hacer que los debates sobre tecnología no sean solo debates de expertos. Traerlos al aula, al claustro, al espacio donde las personas pueden pensar en voz alta lo que les está pasando. Ahí es donde se decide, en realidad, si estamos edificando Babel o la ciudad habitable. Y esa decisión, al menos en parte, está en nuestra mano.
El texto completo de la encíclica está disponible en la web de la Santa Sede.